lunes, 17 de marzo de 2008

Santuario

Mi padre suele decir que todo hombre tiene un paisaje. Un sitio al que dirige su pensamiento cuando le atenaza el día a día. El suyo son las agrestes montañas de Jijona. Allí donde ha reconstruido una casa desde sus más elementales cimientos y donde le he visto intentar podar toda una montaña. Con esa mezcla suya de obstinación y determinación que hacía que no soportara la falta de cuidado público en los pinares. Ése es y será por siempre su paisaje. No es el mío.

El mío está en Campello, donde me refugio en tiempos de incertidumbre. Es mi santuario, ya saben, un apartamento de esos que obvian unas cuantas leyes de Costas. Hace una semana estuve buscando huellas de mi infancia y juventud en estas playas. Caminé como un poseso, hasta que me dolieron los pies y la falta de ejercicio, y algunas encontré, pero no fue fácil.

Donde antes había descampados en los que construíamos endebles cabañas que se llevaba el viento, hay piscinas valladas. Donde había oscuros espigones donde tonteábamos con la luna de verano, ahora hay una espaciosa playa bien iluminada poco dada a aquellas conjuras. Y en aquellos bancos donde con la suficiencia del adolescente filosofábamos y sentábamos cátedras en el aire, el otro día no había nadie.

Pero me acordé de los amigos más viejos que atesoro, y de cómo nos redescubríamos todos los años. De César, el de Cuenca, y su memoria enciclopédica en deportes. De Alberto, el de Elda, que a todos nos ganaba al ajedrez. De Mario, el jijonenco, que hacía sinfonías cuando jugaba al baloncesto en los Salesianos. De mi amigo Eduardo, henchido de versos, que me acompañó desde Madrid a este santuario. También estaba el clan de los alcoyanos, Javi, que antes de las diez tenía que volver a casa, el sempiterno Manuel y sus extravagancias, los porteros que por allí han pululado, las tres hermanas valencianas y las primas malagueñas que poblaban nuestras horas muertas. Y unas cuantas fantasías

Recordé el día que me escapé a Alicante con Pablo el alcoyano a un concierto de Duncan Dhu, en lo que me parecía que debía ser la aventura más alocada jamás vivida. Lo hicimos en aquel lento trenet y no en un flamante tranvía como el que veo llegar hoy. Y entre tanto paseo, incluso crucé mi particular Rubicón, que en este caso se llamaba Río Seco y que por arte de los nuevos tiempos han rebautizado como Monnegre.

Cuando no teníamos más de seis años cruzar ese río se nos antojaba una prueba para incluir en los deberes de Hércules. Donde hoy hay dos urbanizaciones -que algún día el Río Seco se llevará por delante- había una plantación de tomateras. El mediero de aquella cosecha se nos antojaba el mismísmo Cerbero vigilando las puertas del infierno. No me pregunten la razón. Un día nos armamos de valor y nos pertrechamos con aquello que pensábamos que no podía faltar en ninguna aventura: una gorra. Caminábamos sigilosos entre tomateras cuando, de repente, nos topamos con aquel agricultor. No sé que cara debió poner, ya que corrimos todos como alma que lleva el diablo. Todos perdimos las gorras y nadie se atrevió a volver a pesar de la segura regañina que nos aguardaba. Tardamos años en volver a intentarlo.

Caminé después hasta los Baños de la Reina. Antes una playa nudista, hoy una zona arqueólógica. El otrora acceso escarpado, ahora es un agradable paseo donde hay incluso alguna escultura de mujeres desnudas, quizá en memoria de aquellas valientes extranjeras (o eso nos parecían) a las que íbamos a espiar junto a nuestras hormonas desatadas.

Me costó un buen rato encontrar un mojón del MOPU desde donde nos saltábamos al agua. La altura me pareció considerable y no sé si hoy sería capaz. Hubo un tiempo en el que salté, incluso, de cabeza, sólo por el prurito de demostrar que era valiente cuando, a lo sumo, llegaba a insensato.

Tomé una cerveza en el Puerto de Campello, tan coqueto hoy y lleno de jubilados ingleses. Y yo, que nunca he sido una persona que guste del inmovilismo, que al contrario que a Don Hilarión, me encanta que los tiempos avancen una barbaridad, yo hoy he lanzado una maldición. Me he ciscado en las madres de todos los especuladores y munícipes avariciosos que han hecho que tenga que caminar horas para buscar lo que queda de aquel santuario. Y es que a simple vista, el hormigón lo anega todo.



2 comentarios:

hector dijo...

¿Cualquier tiempo pasado fue mejor? Puede ser. O tal vez no. Esta especie de monos que nos llamamos a nosotros mismos seres humanos tenemos la extraña cualidad de recordar sólo las cosas buenas y si hubiesen sido malas, tamizadas por el tiempo, no nos parecen tan desastrosas.
Lo hemos perdido, pero por lo menos lo vivimos y disfrutamos en su tiempo. Ese recuerdo con sabor a nostalgia no nos los puede quitar nadie, nos pertenece y siempre vivirá con nosotros. Es hora de mirar hacia delante, aunque sin olvidar los algún día fuimos y lo que algún día vivimos. Es la única forma de no quedar en el camino...

clau-claudio dijo...

Los que conocimos aquel San Juan no podemos sino añorarlo. Sin dejar de mirar hacia adelante, claro.